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SOBRE EL DAJAO |
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TURISMO
DE RUINAS
El trayecto resultó incómodo pero interesante. A diestra y siniestra observábamos ora una casita de madera derruída, ora una mansión de dos niveles y tapia elevada. Matorrales y abrojos a nuestro paso y estrechos senderos sobre los cuales abrirse paso, era el camino que llevaba a nuestro destino. Y allí, al final, estaba. Erguida en medio de la campiña aparecían las Ruinas de Engombe. Un cierto sentido de humildad y mansedumbre provocan estas románticas ruinas que invitan al recogimiento por sus frondosos bambúes que lamen con sus raíces el río presuroso y con sus ramas rascan el azul cielo, al igual que sus palmas y flamboyanes. En la margen izquierda, rumora y corre sigiloso el río Haina, que forma un recodo justo frente a los restos del trapiche, como para observar con mayor detenimiento aquellas vetustas piedras engarzadas con la sangre y el sudor de los negros esclavos. Erigido en la primera mitad del siglo XVI, el Sitio de Engombe, en principios Santa Ana, fue fundado por Pedro Vásquez de Mella y el genovés Esteban Justinian, teniendo sucesivamente varios propietarios. Las Ruinas de Engombe refieren una historia llena de romanticismo que fue utilizado con certeza por Jesús de Galíndez para crear una hermosa leyenda de amor entre la hija del dueño del ingenio y el indio Guaroa. Engombe cuenta con un conjunto de edificaciones formado por cuatro estructuras básicas como son la casona o palacete, la iglesia, el galpón para esclavos o almacén y, al fondo, el trapiche. El palacio es de dos niveles y aún conserva su estilo señorial que demuestra el modo de vida característico de la época. De líneas armónicas, presenta en su fachada una arcada que recuerda el Alcázar de Colón. Amplio y elegante, el palacio perdió las escaleras que dan al segundo nivel, pero aún conserva las molduras que la señalan. De forma rectangular, posee fuertes columnas rematadas en capiteles dóricos que sostienen una doble arquería en ambos niveles. Sus ventanas, abiertas a una mágica vegetación cual arte "naif" de Susana, permiten al visitante extasiarse en la conjunción de una obra del hombre en armonía simétrica con la de Dios. A la izquierda de la casa aparece pequeña y plácida la iglesia. Su fachada, rematada por un frondoso flamboyán que invita a la entrada, corresponde a un templo de una sola nave. El techo de la capilla es de dos vertientes, convirtiéndose en una media cúpula en la parte que corresponde al altar. Aunque la iglesia no está en malas condiciones, una cantidad de comején amenaza la estructura. El altar está semiderruido pero la hornacina principal se mantiene incólume, al igual que otro pequeño nicho que está ubicado a la derecha. Parada en medio de la pequeña iglesia, y aprovechando la placidez del lugar, llegan hasta nuestros oídos las plegarias de los habitantes de Engombe que oraban a Dios mientras atrás, en el área conocida como el galpón, los esclavos dormían apretujados bajo las frías paredes del lugar, tras pasar horas enteras bajo el abrazante calor moliendo con sudor el azúcar que iría a endulzar los paladares de sus dueños. Aunque en principio su nombre fue Santa Ana, la fuerza de los esclavos africanos acabó imponiéndose aunque fuese en el nombre. Es así como Engombe, voz de la tribu Bantú, según indica Pedro Henríquez Ureña en "El Español en Santo Domingo", se quedó en la memoria de las gentes. Aunque olvidada y en estado ruinoso en algunas de sus partes, el ingenio de Engombe mantiene una magia que no posee ningún otro monumento histórico. Las brisas frescas que allí se disfrutan nos traen recuerdos de antaño, historias de trabajo, de sudor, de grilletes, pero también de esplendor y de un estilo de vida que todavía muchos quieren mantener. Perteneciente al rico patrimonio monumental y cultural que República Dominicana posee, el ingenio de Engombe forma parte de la ruta de los ingenios azucareros de la época colonial. Algunos no comparten la idea de Engombe como ingenio azucarero debido a que la extracción de la azúcar de caña se hacía utilizando los esclavos y las yuntas de bueyes como fuerza bruta, y no implementos de orden industrial que son los que diferencian el rudimentario trapiche de la industriosa empresa de azúcar. Aún así, este primario e injusto sistema sostenía de forma eficaz las economías de las nobles familias propietarias que, incluso, llegaba a distribuirse en el mercado nacional y a otras no cercanas regiones. Las hermosas ruinas de Engombe han pasado por varias manos. Aunque edificado por Pedro Vásquez de Mella, tuvo dueños sucesivos pasando en 1786 a ser propiedad de la familia Dávila, siendo su dueña Josefa Coca Hilandeche. Con la cesión del país a Francia Engombe fue adquirido por don Angulo y Heredia, para entonces regidor, quien poseía grandes caballerizas dentro del terreno que llegaba a los predios de Arroyo Hondo. Tras la ocupación haitiana, Boyer distribuyó las tierras a los esclavos del propio ingenio que para entonces eran menos de 42; pero lograda la independencia, la familia Angulo recuperaron las tierras que vendieron a principios del siglo XIX cuando apenas quedaban las ruinas de un esplendoroso pasado. En 1963, tras la decapitación de la tiranía trujillista, la finca de Engombe que a la sazón era propiedad de Negro Trujillo, pasó a manos de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, entidad que encomendó al ingeniero José Ramón Báez López-Penha la restauración del derruido lugar. EL CAMPANARIO Aunque pequeño y desolado, el campanario de la capilla presenta una de las mayores fortalezas de la edificación, ya que según los expertos, es el contrafuerte de la edificación, junto a la sacristía, contrarrestando la carga arquitectónica del semiarco de la bóveda, tal como señala el arquitecto Pérez Montás. Las ventanas de la construcción presentan poyos que facilitan el embelesamiento de quien de ellas disfrute. Aunque hoy los feligreses de la capilla de Engombe se hayan reducido a una docena de vacas que, gordas y orondas, se arrodillan a los pies de su entrada, un aura de hermoso misterio nos secunda en la visita. El galpón, que a decir de muchos era en realidad un almacén de comestibles, no ha sido reestructurado. Sólo un deformado círculo de apretadas piedras lo forman donde, a decir de los despojos que allí aparecen, se dan cita amantes furtivos y calurosos transeúntes que calman sus ardores en las profundas y engañosas aguas del Haina. En ecosistema a preservar forma parte de las ruinas de Engombe, donde confluyen humedales, zonas boscosas y enormes riquezas culturales y naturales que estamos obligados a preservar. La Dirección de Patrimonio Monumental ha iniciado un proyecto para preservar lo que han dado en llamar "La ruta de los ingenios", pero la primera preservación que debemos hacer los dominicanos es la de la valorización y conocimiento de nuestros recursos naturales y patrimoniales. El ingenio de Engombe nos llama a visitarlo con esa voz misteriosa que logra salir de sus huecos. Es nuestro y es único. Formemos parte de su historia. El proyecto de "La ruta de los ingenios" es parte de la política de la Secretaría de Cultura, a través de la Dirección de Patrimonio Monumental, que busca promover programas de apoyo al turismo cultural, involucrando a las comunidades a dichos programas. Parte del proyecto son las visitas guiadas a las antiguas ruinas que permita al visitante disfrutar del conjunto de ingenios coloniales del siglo XVI, que están incluidos dentro de las declaratorias de la UNESCO como patrimonio mundial. Se espera la proyección de audiovisuales y espectáculos culturales que permitan conocer nuestros valores, ofreciéndole al turista una alternativa de turismo de ruinas que escapa a la tradicional y siempre bella Zona Colonial, todo dentro de un entorno lleno de magia y sugerente misterio. |
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