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Tomado de
El diario/LA PRENSA edicion digital.
Por Vianco Martínez, 2003.

El dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo le había robado su nombre a la ciudad más vieja del Nuevo Mundo y la había obligado a usar el suyo, y en una esquina de la ciudad ultrajada fue abatido a tiros la noche del 30 de mayo de 1961 por un grupo de descontentos colaboradores.
Trujillo era un antiguo empleado de los norteamericanos que ganó fama repartiendo bofetadas y asesinando patriotas en la primera intervención militar de los Estados Unidos a la República Dominicana, en 1916. Había tomado el poder en 1930, tras un acto de sedición. Su muerte produjo un viraje en la vida política y social de esa nación del Caribe, que tiene 43 años luchando por deshacerse del fantasma del tirano.
El poder de Trujillo había entrado en una etapa de decadencia luego de un intento de lucha armada protagonizado por un grupo de exiliados el 14 de junio de 1959. Los integrantes del grupo fueron masacrados sin piedad y la indignación causada por ese hecho se regó por todos los confines de la atemorizada sociedad dominicana.
Trujillo además, empezaba a pagar la factura de sus peores vanidades, exhibidas con ostentación en la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre —una obra no reproductiva que restó liquidez al gobierno—, donde el tirano, según el historiador Frank Moya Pons, gastó más de 30 millones de dólares.
Cuando el tirano empezó a confundir el humo con las nubes, comenzó a jugar al nacionalismo para agenciarse nuevas formas de enriquecimiento y eso enfadó a los norteamericanos. Nacionalizó la industria de la electricidad, sacó a los extranjeros del negocio azucarero y se apropió de los ingenios. Trujillo convirtió la República Dominicana en una finca de su propiedad y empobreció a la mayoría de los dominicanos en beneficio de una minoría de minorías, según el historiador Frank Moya Pons.
Trujillo lastimó como nadie la dignidad de los dominicanos. Era un general sin batallas y sin méritos que decidía quién vivía y quién moría en su tierra y en la ajena. En sus manos, el ejército que dejaron los norteamericanos devino en una partida de asesinos a sueldo que cargó con la tranquilidad del país.
En el extremo de su vesanía, mandó a poner en las iglesias un letrero que decía "Dios en el cielo, Trujillo en la tierra", pero que más tarde, cuando sus delirios de emperador estaban más alborotados que nunca, cambió de orden: "Trujillo en la tierra, Dios en el cielo". Se mandó a hacer estatuas en cada esquina y obligó a los intelectuales a escribir libros que después calzó con su nombre. Trujillo además, se puso tantos títulos como carencias tenía: Doctor, Licenciado, Padre de la Patria Nueva, Benefactor de la Patria, Protector de la Iglesia y muchos más. Para entrar en la universidad había que rendirle pleitesía y para graduarse era requisito indispensable hacer profesión pública de fe trujillista.
Los teléfonos estaban intervenidos. En el campeonato invernal de béisbol tenía que ganar obligatoriamente su equipo y en el hipódromo tenían que llegar primero sus caballos. Su hija fue designada reina y su esposa —que era semi-analfabeta— fue declarada impúdicamente escritora y filósofa. Para favorecer algunas provincias en perjuicio de otras cambió el mapa, y para alimentar su ego, cambió la historia. Bajo la bota del tirano toda la República Dominicana era un país bajo sospecha.
A finales de los años 50, José Emilio Cordero Michell, un distinguido profesional de la clase media que terminó alzado en la montaña, definió la situación como "una pesadilla owerlliana donde la realidad superaba la ficción".
El detonante de la crisis fue el caso del presidente de Venezuela Rómulo Betancourt. Trujillo colocó un carro cargado de dinamita en la avenida de Los Próceres, en Caracas, que el coronel Jhonny Abbes García, un asesino a sueldo que encabezaba el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) —la guardia personal del tirano— hizo detonar cuando el mandatario venezolano pasaba por el lugar, camino a un acto oficial. Betancourt se había convertido en el principal enemigo del trujillismo en el exterior y desde las tribunas de la Organización de Estados Americanos (OEA) se dedicó a pedir la cabeza del sátrapa.
Como castigo, los países miembros de la OEA —en una votación que tuvo lugar en San José, Costa Rica, el 21 de agosto de 1960— impusieron sanciones económicas al régimen trujillista, cerrando sus fuentes de abastecimiento de combustible y negándole la posibilidad de acceder a los mercados internacionales.
Mientras el régimen se desgastaba, los dominicanos empezaban perder el miedo. En junio de 1960, en un cocktail en Santo Domingo, uno de los hombres que planeaban matar a Trujillo, se acercó a Henry Dearborn, cónsul y, según el escritor Víctor Grimaldi, jefe de la CIA en Santo Domingo, para formularle un pedido de armas y material bélico para llevar a cabo el magnicidio. En lo adelante, las vías de comunicación entre la estación local de la agencia y el Cuartel General en Washington se convirtieron en un hervidero.
Entre los oficiales del Pentágono, Trujillo gozaba de una complacencia muy parecida a la complicidad. En 1959, poco antes de que los tórridos amores entre Trujillo y los norteamericanos llegaran a su fin, el tirano recibió 1,089,000 dólares en asistencia militar de manos de la administración Eisenhower, y un año después, cuando ya la crisis empezaba a mostrar sus signos más severos, el Pentágono propuso entregarle 445,000 dólares más.
En el documento "La capacidad militar de los Estados Unidos para influenciar el progreso de nuestros objetivos nacionales en Latinoamérica", fechado el 29 de octubre de 1959, el Comando Sur entendía que "la perpetuación del régimen de Trujillo es lo que mejor servirá a los objetivos de los Estados Unidos".
Eisenhower salió de la Casa Blanca el 19 de enero de 1961, pero antes dejó como herencia a John F. Kennedy, su sucesor, un cambio de política hacia Trujillo que incluyó una autorización para entregar armas y material militar a lo que ellos llamaron el Grupo de Acción.
El indicio más convincente de la participación estadounidense en el complot para exterminar a Trujillo fue celosamente guardado durante años como documento clasificado. Fue un documento titulado "Programa de Acción Secreta para la República Dominicana". El informe, preparado a solicitud de Richard Goodwin, consejero y asistente especial de presidente Kennedy, establecía que "la CIA tiene bajo custodia directa en Estación de Ciudad Trujillo un abastecimiento limitado de armas y granadas. Atendiendo a las urgentes solicitudes de los líderes de la oposición interna, de armas para protección personal, con el fin de ayudar en sus esfuerzos para neutralizar a Trujillo, se les han enviado tres revólveres y tres carabinas con sus municiones correspondientes por vías seguras".
"A nadie puede quedarle duda de que, tal como lo creían algunas personas, el papel de los Estados Unidos en la muerte de Rafael Leonidas Trujillo fue decisivo", asegura Grimaldi, en su libro "Tumbaron al jefe. Los Estados Unidos en el derrocamiento de Trujillo".
A la hora de la muerte del tirano, Joaquín Balaguer, un hombre enigmático, callado e impredecible, propietario de un pragmatismo que tiñó de sangre la nación dominicana en los años posteriores, se encargó de conducir la transición al sistema democrático. Para la oposición, era como poner la iglesia en manos de Lutero.
Balaguer heredó la maquinaria política y militar del trujillato y, en lugar de desmantelarla totalmente, la consolidó y se sirvió de ella. Muchos de los oficiales que le cuidaron la espalda en sus sucesivos años de gobiernos eran hijos de la dictadura, hombres de mano dura que no dudaron en mostrar sus talentos para la represión política y para el crimen de Estado. También heredó la vieja costumbre de humillar a los contrarios y dividir a los jefes militares para que no le hicieran sombra.
A las diez de la noche del 30 de mayo de 1961, cuando el tirano se dirigía a su casa campestre de San Cristóbal, fue interceptado por dos vehículos. Sus ocupantes abrieron fuego sobre el carro presidencial. El chofer del tirano, Zacarías de la Cruz, un hombre adusto que en lo adelante vivió para callar, salió corriendo por los matorrales y salvó su pellejo. Trujillo, solo en medio de su última noche y con un poder absoluto que en la frontera de la vida y de la muerte no le sirvió para nada, murió bajo el fuego de sus antiguos colaboradores, cambiando para siempre el rumbo de la historia.
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